viernes, 6 de julio de 2018

EL ANUNCIADOR

 


Este  primer diario bolivarense del siglo XX comenzó a salir como trisemanario el primero de junio de 1895 en un taller tipográfico instalado por el general Agustín Suegart en 1893 con el nombre de “La Empresa”. Circuló hasta 1905 cuando el Presidente de la República Cipriano Castro lo liquidó de un plomazo.
            El Anunciador nació como órgano de intereses generales, pero a  su propietario se le ocurrió en tiempos de la llamada Era de la Restauración  cruzar al mar tormentoso de la política ligando sin conseguirlo, llegar a la orilla con las naves intactas. En cierta ocasión en que fue duramente atacado por su postura tan complaciente con el gobierno, llegó a manifestar en un editorial de repuesta a Vicente Castillo Rivas, del Partido Nacionalista, su orgullo por “Servir a los intereses políticos de este Estado, bajo las banderas gloriosas del Partido Liberal que es el partido de las grandes conquistas en Venezuela” Pero meterse en Política fue indudablemente su perdición y esa suerte la han corrido muchos periódicos en Venezuela.
            No era negocio sostener un diario en la transición de un siglo marcado por las vicisitudes de la política y el caudillismo de rasgos patológicos. Además el Comercio y la educación eran muy pobres. Más que negocio, era empresa romántica sostener un diario como “El Anunciador” en una ciudad de escasos lectores y de limitados anunciantes. No obstante, el anuncio fue su apoyo y por ello apareció siempre con el siguiente lema: “El anuncio, auxiliar del trabajo, es poderoso protector de los negocios”.
            ¿Cuánto costaba un anunció? Comparado su precio con el de hoy, realmente una insignificancia, pero para entonces no todo el mundo estaba en capacidad económica aunque en el caso de “El Anunciador”, los precios eran convencionales y se cobraba un mínimo de tres bolívares por un aviso en “long primer” hasta de diez líneas. Por suscripción mensual se cobraban 4 bolívares. Bs. 0,25 al pregón y por número atrasado Bs. 0,50.
            El 21 de diciembre de 1901 el editor se vio en la necesidad de sacar un aviso permanente para protegerse de quienes creían que ese periódico debía publicar todo de gratis. “El Anunciador – aclaraba- pertenece a su Director que es a la vez dueño de la tipografía. La empresa y toda publicación que no sea de carácter oficial, se hará en la sección correspondiente y previo pago de su importe. Hace esta aclaratoria debido a que hay personas que creen que esta Tipografía es propiedad del Gobierno y que por consiguiente estamos obligados a publicar de gratis, todo cuanto se remita”.
            La primera y última de las cuatros páginas de “El Anunciador” estaban destinadas a anuncios comerciales y las internas a informaciones locales, y de afuera extraídas de otros periódicos de Venezuela y del Extranjero  con los cuales había canje. También se insertaban cartas, decretos, alocuciones oficiales, artículos de opinión, crónicas ligeras, poemas, telegramas, chascarrillos, cuentos de humor y curiosidades.
            El Telégrafo y el Teléfono, todavía en estado primitivo, eran con todas las limitaciones de la época los grandes auxiliares de la editorial. Por el telégrafo venían muy comprimidas las informaciones nacionales e internacionales y por el teléfono las locales.
            La editorial “La Empresa” estaba en un espacioso inmueble número 46 de la calle Venezuela y el teléfono 113, de manigueta, permitía una comunicación muy local. La Compañía telefónica era privada. Pertenecía a Eugenio Berletta y sus oficinas estaban en la calle Libertad en la casa que fue Liceo Sucre y en 1966 Corresponsalía de El Nacional.
            La Suscripción telefónica costaba 16 bolívares y la empresa mantenía un aviso permanente en la primera plana de “El Anunciador” al igual que la Emulsión de Scott y las líneas de Vapores Hamburgo - América con su nómina de agentes en El Havre, París, Bordeaux, London, Manchester, Binmingham, Plymouth, Southamton, Ansterdam, Port Of  Spain, Caracas y la Guaira, puertos éstos  con los cuales el comercio de Ciudad Bolívar  tenía fluidas relaciones.
            Otros avisos casi permanentes en El Anunciador eran  los de la fábrica de cigarrillos “La  Intimidad”, el de J. N. Pineda ofreciendo “Los cuatro Evangelios” con sus oraciones, el de la Compañía Minera Colombia que explotaba las minas auríferas de El  Callao, “El Amargo de Ciudad Bolívar”, gran específico para fortalecer los órganos de la digestión que ofrecía el comerciante Guillermo Eugenio Monch y uno de Henr Von Buren informado que había trasladado su taller de Platería al lado de la Botica Alemana.
            Cleto Navarro, excelente tipógrafo y redactor, en calidad de Gerente general, era el único nombre que figuraba en el diario “El Anunciador”. Es a partir de la edición No. 1028, del 8 de abril de 1901 cuando comenzó a aparecer el nombre de Agustín Suegart como Director- propietario.
            De formato 48 cms x 32 cms y dividida cada página en 4 columnas de 7 cms de ancho, el cabezal o logotipo de este diario vespertino era de letras romanas de madera, pero a partir del 5 de diciembre de 1901 inauguró un logotipo- grabado en arco y de fondo un paisaje del  Orinoco con palmeras en los extremos.
            Toda la página plana continuaba siendo de anuncios comerciales. En las páginas centrales se comprimía toda la información local del día y síntesis de las más importantes publicadas en los  periódicos que llegaban a la redacción en calidad de canje.
            Al empezar la primera columna de la página dos centrales, en tipografía que combinaba letras de 7 hasta 14 puntos aparecía el nombre del periódico, dirección, agentes de la publicación en  Francia,  Inglaterra, Bélgica y Suiza, señores Mayence Favre y Cia. 18 rue de la Grange, Beteliere, París; el directorio, fecha de la edición, valor del diario y condiciones de la publicidad.
            Anunciaba el mes, número de días, laborales y festivos y el Santoral. Esto generalmente iba en la sección local en letras de siete puntos luego en tipo de 12 la información. En forma de cintillo vertical y separando las dos páginas centrales un anuncio diario del tabaco “La Cubana” que “por usar picaduras Henry Clay, no tiene guarandinguerías”.
            Cuando la Guerra Libertadora llegó a Ciudad Bolívar buscando vida para una esperanza agónica que terminó por sucumbir, El Anunciador se vio afectado, no sólo porque ya no podía continuar defendiendo los intereses del Gobierno que en Guayana había sido depuesto, sino porque, destruido el dique de La Carioca, el Orinoco se metió y las aguas llegaron hasta los talleres de La Empresa. Más de un año estuvo sin salir y en un editorial con motivo de su noveno aniversario –primero de junio de 1904 – se refirió a “ese paréntesis de sombras que le mantuvo segregado de la prensa por espacio de 14 meses. Más, apenas reconstituido el orden, reanudó sus faenas”.
            Otra interrupción sufrida por El Anunciador ocurrió en 1904 a causa de la muerte de su fundador, general Agustín Suegart, registrada el 19 de junio y la cual paralizó a la empresa durante dos días. Murió a un año del día en que expuso su vida en la Batalla de Ciudad Bolívar al lado de la Causa Restauradora. El Ejecutivo Regional, en manos del General Luis Valera, decretó duelo y las  publicaciones locales “El Boletín Comercial”, “Horizonte” e “Iris de la Paz” se asociaron al duelo lo mismo que la Logia Asilo de la Paz No. 13. Dieron las gracias en la plaza Miranda como era lo tradicional antes de llegar al Cementerio Municipal, el Secretario General de Gobierno, general Manuel Silva Medina, a nombre del Ejecutivo Regional y el doctor José Tadeo Ochoa a nombre de la familia.
            En enero del año siguiente. El Anunciador retornó a su cabezal original y con un nuevo directorio: fundador, Agustín Suegart. Administrador, Jorge Suegart. Tres meses después, en abril, lo modificó así: Director, Jorge Suegart. Redactor, Domingo M. Navarro y Administrador, Edmundo Suegart.
            Ese año mejoró su situación económica pues el recién electo por la Asamblea Legislativa Presidente del  Estado,  Gumersindo Méndez, decreto que “Las leyes que se publiquen en El Anunciador se darán por promulgadas y tendrán el mismo valor que en la Gaceta”.
            Por primera vez después del Correo del Orinoco,  El Anunciador  publicó en Guayana una edición extraordinaria tomando como motivo la visita del Presidente de la República, General Cipriano Castro, quien estuvo de tres días en la ciudad, desde el sábado 29 de abril de 1905.  La edición, por supuesto, estuvo dedicada al visitante con los siguientes trabajos: “La  Restauración Liberal” por Cleto Navarro; “Mi Opinión” por el Dr. José María Emazabel; “Castro Guerrero”, por J.M. Agosto Méndez; “Castro Político” por el Dr. Antonio María Delgado; “Legislación”, por el Dr. Cipriano Fray Barrios y “Castro Progresista” por el Dr. Carlos García Romero, además del Discurso de Bienvenida del Dr. Hilario Machado.
            Un ejemplar de esta edición extraordinaria, impresa en raso amarillo, orlada con una cinta tricolor, recibió Castro en audiencia especial concedida al cuerpo directivo del periódico. Entonces agradeció el gesto con estas palabras: “El Anunciador es no sólo el decano de la prensa del  Estado, sino también su abanderado”.
            Pero quien lo elogió el 29 de abril de 1905 como decano y abanderado, rectificó un mes después –30 de mayo- menospreciando su existencia.
            Castro decretó el cierre de El Anunciador a causa de un editorial escrito por el Jefe de Redacción, Domingo María Navarro, aparecido en la edición 1.888 del 7 de junio de 1905 y en el cual subrayaba que al perderse el predominio del Partido Conservador en  Venezuela, se había perdido también el respecto a la Constitución y a las leyes y que esta “inmoralidad tomó proporción considerable con el triunfo del Liberalismo y de la Federación en el País”.

            Este editorial fue protestado públicamente el 9 de junio por 43 liberales de la ciudad y en la misma edición el redactor publicó este comentario de respuesta: “Como dato curioso Ciudad Bolívar cuenta con 12.000 habitantes por lo menos. Supongamos que de ellos sólo haya el 10 por ciento de hombres mayores de 21 años. Tendríamos pues 1.200 hombres. Rebajemos de ellos 43 que firmaron la protesta que publicamos, quedan 1.157 y natural es  que supongamos que esos 1.157 están de nuestra parte en la discusión que se ha presentado ya que los señores protestantes han tenido nada menos que cinco días para recoger sus firmas. A ocho firmas por día”.            

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